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Sucre

Estaba tomando un jugo de melón y frutillas sentada en el bar del mirador y escucho una voz muy suave que me dice: “ya tengo unas lindas tullmas para usted”. Me di vuelta y era la cholita de la feria de la recoleta a quien le había preguntado dónde conseguir las tullmas de cuentas que ella usaba.

Eran distintas, coloridas y hechas con hilos, pero igual las compré junto con un awayo tejido a mano.

Le pregunté cómo podía llegar al mercado campesino y ahicito tenía un bus que me llevaba, pero es tan linda esa zona que, a pesar de las calles empinadas, tomé el bus mucho más adelante.

Los buses en Bolivia paran en cualquier lado, salen 1,50 bolivianos y basta con avisarle al conductor dónde quiere uno bajar. No existen las paradas.

Me bajé y arranqué el recorrido por el mercado campesino. Calles y calles repletas de cholitas con sus hijos o nietos a cuestas. Pocos hombres. Diría que el 80% de los puestos callejeros son manejados por mujeres. Los locales más armados sí son atendidos por hombres, pero son los menos. Miles de cholas sentadas en el piso vendiendo verduras, frutas, golosinas, pequeños puestos con comidas típicas, vestimenta tradicional boliviana.

Pregunté por las tullmas que yo quería y me señalaron la dirección.
Mari me preguntó para qué quería tullmas, le contesté que me gustaban las que ella vendía (negras de hilo con cuentas) y cuando me recomendó las menos pesadas arremetí con quechua básico. Así empezó nuestra charla. Preguntó si también quería comprar pelo. Me solté el rodete y nos reímos; “tienes sufieciente para unas buenas trenzas”.

Me enseñó a usarlas y como vio que me iba a costar se ofreció a armarme el peinado. En pocos segundos eran varias las cholas que nos rodeaban y comentaban el trabajo de Mari.
Me mostraron polleras y enaguas, compré todo menos el sombrero, ya que me gusta más el paceño que el propio de Sucre y Cochabamba.

Desde que puse un pie en Bolivia no paro de observar a sus mujeres. Estas cholitas que se levantan a las 4 o 5 de la mañana, ordenan su casa, cocinan, preparan a los niños y salen a trabajar. Ya sea vendiendo en precarios puestos, nomás en el piso ofreciendo sus comidas o limpiando las calles. Siempre con sus enaguas perfectas, bien peinadas, atentas a sus niños.

Pensé qué sería de Bolivia sin ellas y ya no tuvo tanto atractivo el país en sí.
Cuando Mari terminaba mis trenzas el puesto de al lado nos distrajo: una pelea entre un hombre y la vendedora de polleras. No entendí mucho porque hablaban en Aymará, pero ella le gritaba y se defendía bastante bien. El hombre le pegó una cachetada. Todos callados; me levanté y, estúpida, le grité que si estaba loco.

“Vea, señorita, es mi marido, no le grite”

Y Mari. Me dijo todo con esa mirada.
Pensé en La Paz, en la esperanza de encontrar cholitas que luchen contra esos hombres que hacen tanto y tan poco a la vez.

Cholita paceña.

About Martín Cirio

2 comments

  1. Te amo Belleza pero la metamorfosis e Cholita Paceña me pareció increible. les amo a ambas, hagan caca en cada esquina.

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