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Adios definitivo al contrato de alquiler

A las dos de la tarde tengo que estar en el departamento para firmar la finalización del alquiler, pero caigo media hora antes para deshacerme del sommier, ya que el viejo rancio de la inmobiliaria dijo que quiere el departamento vacío.

Apenas levanto el sommier me planteo tirarlo por el balcón al grito de: “¿ALGUIEN QUIERE PENSAR EN LOS NIÑOS?”, pero me doy cuenta de que no es posible, así que lo saco al pasillo y como quien no quiere la cosa, lo tiro por las escaleras. Lo bajo cuatro pisos con esta maravillosa técnica, pero cuando llego al primero una de las puntas se traba con el techo, que es más bajo que en los otros pisos. Lo giro, lo levanto y le saco las patas, pero sigue sin pasar. Estoy transpirado, con ganas de agarrar una bazooka y hacer explotar todo, y pidiéndole a Krishna que no aparezca el portero. Me transformo. Dejo de hacerme el pensante, el matemático, el “si los tipos del flete lo subieron, también se tiene que poder bajar”. Me vuelvo primitivo y saco al hombre que todos llevamos dentro tirándome contra el sommier y empujándolo con mucha fuerza hasta que escucho un ruido de piedras. Una nube de polvo cubre todo. Me llevo puesto el revoque del techo y un par de focos de luz mientras que el bello sommier sale disparado escaleras abajo. Ruego que en la planta baja no haya un niño que pueda ser desnucado. No por el niño, claro está, sino por el juicio que vendrá luego.

En el hall no hay nadie, así que aprovecho para abrir la puerta de entrada y dejar el sommier en plena avenida Rivadavia, a merced de peatones y evangelistas. Mientras lo acomodo contra un poste de luz, el portero aparece con esa cara de pavo real que despliega sus plumas para que todos veamos que es él: EL PORTERO, EL DUEÑO DEL EDIFICIO. Sale a la puerta y saca pecho, orgulloso. Yo me hago el que no lo veo, agarro el celular y finjo hablar con una persona del gobierno. “¿Lo pasan a buscar en una hora? No me puedo quedar eh, pasen porque sino se lo roban”, y me meto en el ascensor riendo locamente. El portero me mira mal pero mi charla con el gobierno es muy convincente. Igual, no me mira tan mal en comparación a si viera los destrozos causados en las escaleras. Los verá cuando ya me haya ido para siempre.

Creo que no se puede dejar un sommier en el medio de la calle. Creo, también, que violé unas cinco leyes con todos los disturbios generados ayer.

Me quedo en el departamento revisando cajones, estantes, y rincones, para asegurarme de que no haya dejado nada de valor, pues uno, acostumbrado al hurto, suele esconder plata en lugares inhóspitos. Se hacen las 14 hs y suena el timbre. Es el viejo de la inmobiliaria, Néstor, y mi madre. Néstor es un viejo desagradable, con bigote, y con tanta cara de pedofilia que me dan ganas de pagarle el alquiler con niños. “Sírvase, don Néstor”, y saco dos niños ucranianos de una bolsa.

Néstor entra al departamento con cara de “voy a ver todo lo que está mal” y se queja por:

– El tender que dejamos en el balcón.
– El calefón que aún está prendido.
– Los pisos con polvo y un forro que no me di cuenta que está tirado en el suelo.

Mi madre tiene el bozo transpirado, y sé que cuando le transpira es porque está a punto de explotar. Le dice a Néstor, “páguele a alguien para que limpie. Saque la plata del mes de depósito”, y a mi me dice por lo bajo, “total no te va a devolver ni un peso este viejo roñoso”. La amo.

Firmamos los papeles de despedida, nos damos un beso con lengua y chau chau. Agarro una caja grande que me olvidé de poner en el flete, y mi vieja un almohadón enorme. Los dos acordamos tomar un taxi. Yo a mi/su casa, y ella al trabajo. Está claro que jamás tomaría un taxi salvo que el mundo se venga abajo y mi vida dependa de ello, así que camino hasta la esquina y me tomo el glorioso 31 que me lleva a todos lados. El colectivo estaba casi vacío. Me siento en un asiento individual y veo por la ventana que el sommier ya no está. Se ve que vinieron “del gobierno” a buscarlo.

Al rato recibo un mensaje de mi madre diciéndome que se volvió caminando pues no iba a gastar en taxi.

Por más que quiera creer que somos distintos, en la base somos iguales: dos ratas.

About Martín Cirio

5 comments

  1. El fruto no cae tan lejos del árbol despues de todo, genia tu vieja

  2. Sos un genio, y tu vieja también. Te descubrí gracias a @bonaerense y te adopté para siempre.

  3. Amé tu salida triunfal del depto!!! Me encantaría ver la cara del portero cuando descubra lo q pasó en la escalera… jijijiji

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