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Omar, el nasty boy de mis sueños

Cuando tengo esta calentura galopante podría colarme una impresora Epson multifunción, de las que vienen con scanner y fotocopiadora, pero como no tengo una a mano, abro Whatsapp y busco a Omar, mi salvación. Obviamente está disponible, como siempre. Omar es como un nene down que vive al palo. Me dice que vaya a su casa ahora porque entra a trabajar temprano, así que me tomo la línea (jiji) A del subte y me bajo en Primera Junta. Camino dos cuadras y le toco timbre. Abre la puerta y sale un olor pesado y húmedo, mezcla de suciedad, olor a perro, y mucho encierro.

Tiene una remera boli que dice “NASTY BOY”. Mientras subimos en el ascensor le miro los pies. Tiene unas havaianas que pasaron de moda en el 2001 y las uñas medio podridas, encarnadas, con tumor. No distingo bien. Igual está claro que estas cosas no impiden que una, siempre puta, entre a la casa igual y galope verga a lo loco.

– Pasa y sentate. ¿Querés algo para tomar?
– Dale, agua.

Agarra un vaso, abre la canilla y me sirve. El agua está tibia y el vaso empañado. Me da un poco de asco. El agua parece medio turbia. Tomo un mini sorbo y ruego al cielo que no me agarre una cagadera loca en media hora. Yo siempre sirvo agua de la canilla también, no me la voy a dar de SEÑORA PAQUETA, pero lo disimulo mejor: recargo una botella, la pongo en la heladera, y cuando viene alguien sirvo COMO SI FUERA AGUA DEL MAS PURO MANANTIAL. Luego agarro un gotero y pongo cinco gotitas de LAVANDINA en cada vaso porque una es pobre pero limpia.

“No sé si te conté pero trabajo en el rubro de la salud”. ¿Por qué habla como un vendedor mayorista? Estoy seguro de que es enfermero. Ningún médico se refiere a su trabajo como “el rubro de la salud”. Tengo un imán para la marginalidad. Hablamos un poco más y por fin confiesa, “soy enfermero”. Me cuenta que cuida viejos pero que no le gusta. No lo dice pero sé que les limpia el culo y les masajea las piernas para que no hagan costra. Me habla de insumos y de que está orgulloso de trabajar en el rubro de la salud. Quiero golpearlo contra la pared y decirle, “pero oime, higienizas viejos, tu trabajo lo puede hacer hasta un chico de cinco años”. Todo lo que me cuenta es tan marginal que de repente vivir con mi madre en Parque Patricios me parece algo muy noble.

Dejamos de hablar porque la conversación no da para más. Se para y va al baño. Seguro va a lavarse. Luego entro yo y me saco el olor a culo que tengo. Salgo y me agarra del pantalón. Me da un beso y me lleva para su habitación. Nos acostamos sobre un acolchado gastado, percudido, con mucha pelotita de lana. Color turquesa. Es el acolchado de mi abuela, Berta. “¿Prendo la luz?”, “No, no… mejor así”. Si llega a prender la luz y veo la choza en todo su esplendor temo perder la erección y no recuperarla nunca más.

Cogemos muy bien. Me gusta mucho. Acaba primero y se queda mirándome con el forro puesto hasta que se levanta y va al baño. Pienso que bueno, ahora tira el forro y vuelve, pero escucho ruido de la ducha. Se va a bañar el hijo de puta. “Oime, Omar, te jode si te bañas cuando acabe yo?”. ¿Este forro piensa que me va a coger y se va a ir al baño como si nada? Lo lamento si ya no está caliente. Que venga y me frote hasta que acabe yo. “Uy, perdón, pensé que no querías acabar”. Sí, claro, no quiero acabar, viene acá para satisfacerte y escucharte hablar sobre cómo higienizas viejos, sorete.

Me da un par de besos y acabo, pues soy así, rapidito. “Ahora sí, anda al baño y hace tus cosas”. Yo me quedo tirado arriba del acolchado comprado por una anciana en 1950 y que no lo tira porque le recuerda a su marido que murió en 1975. Omar sale del baño, viene a la cama y nos quedamos charlando un rato. Charla de compromiso que a ninguno de los dos le importa. Charla para que no quede que esto es re sexo express y que a ninguno le importa el otro. “¿Con quién vivís ahora?”, “con un amigo”. Me da verguenza decir que vivo con mi mamá, y total no lo voy a volver a ver en mi vida. Podría haberle dicho que vivo en avenida Libertador. Pasan cinco minutos y le digo, “bueno, me voy yendo”.

Camino por avenida Rivadavia y me siento vaciado y satisfecho. Estoy sonriendo con esa sonrisa tan clara y transparente de persona a la que le pegaron una buena serruchada.

Off topic: algunos se preguntarán qué tiene que ver la foto del post con todo lo que cuento. Bueno ok, nadie se lo pregunta pero quiero decirles que muero de ganas de comerme un LIBRITO como el de la foto, lleno de grasa. Dios mio iré a comprar CREMONA en este instante. Me dispensan, ya vuelvo.

About Martín Cirio

17 comments

  1. jajaj con este si que mori de risa. p.d: ayer me morfe una cremona!

  2. Quien no se ha cogido un indeseable, por Dios???? Apoyo tu moción de la cremona y te adoro Martín. Te adoro!!!!

  3. Amo cremona, amo.

  4. quiero ganar ese sorteo!!!!! llevaré dulce de leche y manteca para acompañar… y 10 litros de agua para bajar todo!! 🙂
    sos lo más!

  5. pan de chicharrón, no?

  6. Creo que sos lo mejor que me pasó en el año. Dispensame que me voy a comer un kilo de libritos robados del desayuno de un hotel, obveo!

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